Por: Gerardo Flores Sánchez CONTEXTOS En 1968, a mis 14 años de edad, en una barriada del DF, no tenía otra prioridad que  sobrevivir a la voluminosa carga de asignaturas de una secundaria nocturna. En el turno nocturno de esa modesta escuela me sorprendió la enseñanza de apasionados y eruditos maestros de historia de México […]
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MÉXICO 1968

Por: Gerardo Flores Sánchez

CONTEXTOS

En 1968, a mis 14 años de edad, en una barriada del DF, no tenía otra prioridad que  sobrevivir a la voluminosa carga de asignaturas de una secundaria nocturna. En el turno nocturno de esa modesta escuela me sorprendió la enseñanza de apasionados y eruditos maestros de historia de México y universal contemporánea, que me hicieron comprender el poder destructivo y constructivo de los grandes movimientos sociales de la Independencia, la Reforma Juarista y la Revolución Mexicana, así como la de las revoluciones francesa y rusa, además de las dos guerras mundiales, que dieron origen al mundo contemporáneo en las dos visiones que en esos años se consideraba contrapuestas: la liberal capitalista y la socialista.

La versión que me enseñaron sobre México, era la misma que repetían la prensa y la incipiente televisión: la de un país emergente, democrático, pleno de libertades  y éxito económico forjado por un Estado surgido de la Revolución Mexicana (la primera del siglo XX), que estaba de lado de sus clases populares: campesinos y obreros.

Sin embargo en comentarios en voz baja de los mimos maestros, de algunos familiares y de mi hermana que acababa de ingresar a la preparatoria, tuve las primeras noticias de un movimiento estudiantil, al que mi padre llamó “albortadores” acorde con la versión del Secretario de Gobernación y de Jacobo Zabludosky. Ese fue mi despertar a la historia real más allá de los libros.

Eran tiempos en que no se discutía lo que decían el padre, el señor arzobispo y/o el presidente de la república. Lo extraño era que algunos adultos maestros universitarios, líderes sociales e intelectuales, consideraban que el gobierno debería escuchar las demandas estudiantiles, que tolerara su tono demandante al estilo del movimiento juvenil antisistema de Francia o el pacifista de EEU por la guerra de Viet-Nam. Pero muy pronto las protestas se desbordaron en multitudinarias marchas callejeras, como nunca antes se habían visto, fuera de procesiones religiosas, desfiles del 15 de septiembre y 20 de noviembre o eventos deportivos.

Sucedió lo impensado y absurdo, el gobierno resolvió aplastar la “insolencia” de los jóvenes con la prohibición de manifestaciones públicas, ocupación de la Ciudad Universitaria de la UNAM, la detención de los dirigentes del comité de huelga y finalmente con una represión militar y paramilitar que culminó el 2 de Octubre de 1968 con la matanza de Tlatelolco.

Para Díaz Ordaz, que asumió toda la responsabilidad histórica de estos hechos, se trataba de salvar a la patria de una conjura comunista. Para las víctimas, sus familiares, algunos intelectuales como Octavio Paz y Carlos Fuentes, líderes sociales ubicados en la oposición al régimen y analistas internacionales de “izquierda”, se trató de un crimen de Estado.

El hecho fue que se marcaba un parteaguas histórico en México que anunciaba el fin de un sistema político autoritario, populista y paternalista, basado en un partido único, en la ideología del nacionalismo revolucionario y en una economía mixta que ya no podía seguir sosteniendo con la estrategia de desarrollo estabilizador y sustitución de importaciones, el llamado Milagro Mexicano de la década de los 50´s, que después de la segunda guerra mundial llegó a tasas de crecimiento superiores al 5% anual.

El mundo bipolar y de guerra fría, del final de los años 60’s había cambiado política, económica y culturalmente. Muchas crisis y guerras focalizadas como la de Corea (1951-1953), la de Viet-Nam (1964-1975), la de Argelia (1954-1962) , la Revolución Cubana (1959) y la crisis de los misiles  (1962), señalaban un reacomodo radical del orden y economía  mundiales.

Pero el  Estado y el gobierno mexicanos se negaban a realizar reformas profundas para adelantarse y sobrevivir a esos cambios. Ni la represión de Tlatelolco, ni las fiestas de las Olimpiadas del 68, ni el mundial de futbol de 1970, lograron evitar a México lo que siguió: 50 años de crisis continuas y de progresivo deterioro que nos llevaron a situaciones políticas y económicas límite, que no han podido resolver la reformas electorales de 1977, 1999, 2008 y 2014; que tampoco pudo detener el TLC de 1990 de la era de Carlos Salinas de Gortari, ni la de la alternancia de Vicente Fox en el año 2000 y lamentablemente tampoco el paquete de ambiciosas reformas estructurales que impulso Enrique Peña Nieto (2013-2018).

Medio siglo de debates, desencuentros, esfuerzo, sueños, familias desintegradas y vidas perdidas de mexicanos, que no acertamos a encontrar el camino de despegue y desarrollo económico y social que una vez como espejismo representaron los conceptos de “Revolución triunfante” y del “Milagro Mexicano”.

¿Será posible que el arribo de López Obrador y el movimiento social que lo impulsó a ganar todo en la pasada elección, pueda hacer o por lo menos iniciar ese cambio esperado por más de medio siglo?

Por lo pronto en su discurso de la Plaza de las Culturas en Tlatelolco, el presidente electo hizo suyo el discurso de los danmificados y agraviados por el 2 de octubre de 1968. Los pocos sobrevivientes y sus familias escucharon lo que querían escuchar. Parecen demasiados años; pero todavía esperan los resultados que arroje una Comisión de la Verdad.

Más expectativas sumó a su morral de compromisos, que cada vez parece más imposible de cumplir.  Ese será el tamaño de la decepción si no hay resultados y hechos concretos.

El mundo de hoy, no es nada comparable al de los años 50’s, ni al de 1968. Nuevamente el reto para México y los mexicanos es cambiar profunda y extensamente para ir más allá de nuestra historia por más gloriosa o dolorosa que haya sido.

Hoy a mis 64 años, creo que si bien es cierto que el 2 de Octubre no se olvida, debe ser también que no nos deje viviendo en el pasado. Solo mirando al futuro y sumando las fuerzas e iniciativas de todos los mexicanos  para trabajar sin fabricar milagros solo propios de los discursos, es que tal vez tengamos todavía una oportunidad que ojala no sea la última.

 

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